
En las crónicas de este domingo se ha podido leer que Zapatero el sábado, en un acto en Andalucía de su campaña para las europeas, dijo que "este pueblo, al que marginaron históricamente", es capaz de ser "el mejor, los primeros en hacer una economía moderna, innovadora y de futuro" y que va a mostrar al resto de España y de Europa cómo tener una economía tan estupenda.
No explicó, sin embargo, por qué en Andalucía, que esta en manos de su partido desde hace más de treinta años, el paro supera el 20% de la población activa, la tasa de fracaso escolar es de las más altas de España, las universidades no están entre las mejores, el tejido industrial no es innovador y el nivel de renta es de los más bajos de Europa. Ni tampoco, por supuesto, cómo va a hacer para que, con esta situación de partida, Andalucía dé lecciones a Europa de economía sostenible (el nuevo mantra gubernamental) y pase de la cola a la cabeza de la tabla de esos indicadores.
Pero quizás, a mucha gente en Andalucía, a pesar del calamidad de su presente, puede no importarle la realidad y acabar creyendo que, porque Zapatero lo ha dicho, Andalucía es o será en breve un modelo de economía de innovación para Europa y España. Porque cuando los hechos no son relevantes, cuando se pueden alterar –como una encuesta cualquiera del CIS-, cuando la verdad puede causar consternación y por eso se vuelve discutible, cuando cualquier opinión vale lo mismo y lo importante es hacer una declaración que genere publicidad, se puede confundir fácilmente lo que es verdad y lo que es mentira, lo que es posible y lo que es imposible.
Lo malo es que este voluntarismo de salón conduce inexorablemente al cinismo y a la irresponsabilidad. Ya que esta forma de hacer política basada en la mera confrontación de opiniones ajena a los hechos hace imposible el enjuiciamiento de los actos de los gobernantes.
Una nueva forma de hacer política exige que al menos nos pongamos de acuerdo sobre los hechos, que busquemos la verdad con toda su complejidad, para desde esa base discutir. Pero claro eso exige abandonar la política de la confrontación y del reduccionismo. Exigiría, por ejemplo, que Zapatero hubiera dicho en su mitin que en Andalucía las cosas no se han hecho bien, que los datos son malos y que para posicionarse entre los mejores habrá que trabajar muchos años duramente. Pero claro, puede que esto también sea una opinión. Y ya se sabe que hay quien dice que todas son igualmente respetables.
No explicó, sin embargo, por qué en Andalucía, que esta en manos de su partido desde hace más de treinta años, el paro supera el 20% de la población activa, la tasa de fracaso escolar es de las más altas de España, las universidades no están entre las mejores, el tejido industrial no es innovador y el nivel de renta es de los más bajos de Europa. Ni tampoco, por supuesto, cómo va a hacer para que, con esta situación de partida, Andalucía dé lecciones a Europa de economía sostenible (el nuevo mantra gubernamental) y pase de la cola a la cabeza de la tabla de esos indicadores.
Pero quizás, a mucha gente en Andalucía, a pesar del calamidad de su presente, puede no importarle la realidad y acabar creyendo que, porque Zapatero lo ha dicho, Andalucía es o será en breve un modelo de economía de innovación para Europa y España. Porque cuando los hechos no son relevantes, cuando se pueden alterar –como una encuesta cualquiera del CIS-, cuando la verdad puede causar consternación y por eso se vuelve discutible, cuando cualquier opinión vale lo mismo y lo importante es hacer una declaración que genere publicidad, se puede confundir fácilmente lo que es verdad y lo que es mentira, lo que es posible y lo que es imposible.
Lo malo es que este voluntarismo de salón conduce inexorablemente al cinismo y a la irresponsabilidad. Ya que esta forma de hacer política basada en la mera confrontación de opiniones ajena a los hechos hace imposible el enjuiciamiento de los actos de los gobernantes.
Una nueva forma de hacer política exige que al menos nos pongamos de acuerdo sobre los hechos, que busquemos la verdad con toda su complejidad, para desde esa base discutir. Pero claro eso exige abandonar la política de la confrontación y del reduccionismo. Exigiría, por ejemplo, que Zapatero hubiera dicho en su mitin que en Andalucía las cosas no se han hecho bien, que los datos son malos y que para posicionarse entre los mejores habrá que trabajar muchos años duramente. Pero claro, puede que esto también sea una opinión. Y ya se sabe que hay quien dice que todas son igualmente respetables.
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ResponderSuprimirZapatero, por lo que vengo escuchándole, debe de hacer sus discursos fijándose en algo positivo de aquello de lo que vaya a hablar -si lo hay, sino se lo inventa o da rodeos sin decir nada- y aplica la conclusión parcial a todo lo demás. En el caso de Andalucía se ha podido fijar en el sector de la renovables, que ha experimentado un cierto despegue, pero no acaba de arrancar. Ha tomado las buenas señales de ese sector, y lo aplica al resto, y se queda tan ancho.
ResponderSuprimirEl problema de Zapatero es que confunde sus deseos con la realidad. Y sólo desde la realidad se pueden hacer reformas. Claro que Andalucía puede cambiar, pero eso exige menos palabras y más hechos.
ResponderSuprimirPues entonces tenemos lo suyo va a ser más bien clínico, y lo nuestro, lo de España digo, si seguimos votando a elementos y maneras de proceder tales.
ResponderSuprimirta luego